Un mexicano en España II
Tras los usos del lenguaje que nos son comunes, los mexicanos y los españoles tenemos algo que paradójicamente nos acerca y nos separa: el español.
A pesar de los riesgos de contagio, y a pesar de los falsos rencores que se perpetúan para preservar una identidad prehispánica ya caduca, tras los usos del lenguaje que nos son comunes, los mexicanos y los españoles tenemos algo que paradójicamente nos acerca y nos separa: el español.
El castellano -como dicen acá- es como una piedra que Cortés colocó sobre las ruinas del Imperio Azteca y a la que los mexicanos hemos reconstruido con adobe y mosaicos barrocos hasta darle nuestro acento y nuestras connotaciones, por lo demás imposibles a veces hasta para nosotros.
Los españoles igualmente se han adaptado poco a poco a las formas de hablar que han venido de Sudamérica y que se han integrado en su cultura, aunque dar presencia a sus modos latinos tal vez no haya sido tan fácil para ellos como para el mexicano, a quien nada más llegar se le guiña el ojo en el taxi del aeropuerto o se le arremeda con buena intención.
Sin embargo, y a pesar de los desacuerdos, hay una historia común que avala nuestra hermandad e incluso nos caricaturiza, una historia del siglo veinte por la que han pasado la Guerra Civil Española, Jorge Negrete, Cantinflas, hasta llegar a Paulina Rubio o a las telenovelas lacrimosas, pues también en España los gustos rompen géneros.
Por otro lado, la identidad que nos une también se vuelve contraste cuando el mexicano pasa de ser sólo turista a quedarse para arraigarse o, lo que es más, para participar en la construcción de una nueva realidad léxica que ahora se desvela como la necesidad de España para poder homogeneizarse con Europa, donde cada lenguaje se ha ido modelando, donde las terceras generaciones han hecho de las comunidades inmigrantes un pilar no sólo económico sino cultural.
En México no convivimos con una inmigración relevante, pero si fuera el caso, tendríamos que convivir con un catálogo nuevo de palabras que cambiarían nuestra visión, esa que desde siempre ha unido a tijuanenses con chiapanecos, a regios con chilangos, la que narra la comida, el partido, el himno… el chile.
No han sido pocas las veces que en España alguien me ha corregido la dicción de una palabra o el sentido de una frase, y aunque al principio lo tomé con algo de desdén, ahora me debo a un vocabulario que modifica la realidad que vivo día a día, que abre unas puertas que no se abren con la picardía mexicana.
El lenguaje es la realidad que habita tras los significados de sus palabras, por eso no puede caber del todo en ningún diccionario. En las diferencias de interpretación mexicanos y españoles encontramos la primera sensación de extrañamiento de nuestra realidad común, en nuestra silenciosa pugna por detentar uno de los títulos ilusorios que nos acercan: el uso del español como representantes más universales del español mismo.
El día que llegué a Madrid salí del metro, entré a un bar, pedí un bocadillo de jamón, y me dieron una rebanada de jamón entre dos panes, o sea un bocadillo de jamón. Al día siguiente buscaba una calle y al preguntar a un hombre sentado en una banca, me dijo: “esa calle podría estar para allá… pero también podría estar para acá… Quién sabe”.
Cómo invalidar esas comunicaciones. La literatura no podría competir con eso, tan sólo contarlo subjetivamente, es decir, hacerlo chiste. Ambas visiones de la realidad son entendidas en su contexto y nosotros también damos a los españoles qué pensar cuando llegamos a cualquier lugar y nos hacemos notar de inmediato, pues siempre andamos en casa.
De entre esos extrañamientos interpretativos hay algunos que sobresalen por ser hilarantes o problemáticos pero entendibles para cualquiera, como aquellos que hacen de la palabra coger (agarrar algo) o de la palabra polla (la pareja femenina del pollo) motivo de controversias varias y, a veces y con unas copas de más, causa de endodoncias fortuitas.
Recuerdo a un amigo madrileño que en medio de la fiesta me dijo con auténtico asombro:
- Tío, cómo es que en vez de adoptar el vocabulario español, acabas imponiendo a los que estamos contigo el guey, el chingado, y todas esas chorradas.
- Son los genes haciéndome cosquillas -le contesté dando un trago a la cheve- me provocan la misma risa de Cortés cuando vio sus naves quemándose en el horizonte…
Carlos Manuel Torres Guerrero / criticarlos.wordpress.com
Querido Obi-wan y Axolotl (qué gusto de nombres...), así como en el cuento de don Julio Cortázar las palabras, como algunos peces, se metamorfosean. Tengamos cuidado no de caer en un mundo alternativo sino, como en nuestro caso, de tomarlo con asombro. Ciasgra rop tuz paralabras. C.
Ahí van algunas palabras que me sorprendieron de España:
Pan: en España el pan sólo es salado y sirve para, entre otras cosas, ese bocadillo de jamón, que con un poco de tomate (jitomate) está mejor. El pan dulce no existe... mejor bollo o bizcocho, según el tipo.
En España los coches se guardan en "Garajes" (privados) o "Parkins" (públicos)... las cocheras se quedaron para los de caballos... y la cajuela no existe, las maletas se guardan en el "maletero".
Cambia la Res por la "Ternera" y la Cheve por la "Birra"... y si necesitas ayuda de la ley, habla con los "maderos", "picoletos" o la "pasma".... en general, la policía...
Está chido el artículo, algo así me dijo una amiga cuando vino de España, aunque a mí lo que me interesa son las españolas.