Un mexicano en España X

Autor: Nuky M. (cc) / Siete34

Prefacio

Antaño solía dar paseos por el centro de Madrid para ver su vida en movimiento, (o porque no tenía para el transporte) hasta que un día dejé de hacerlo cansado por esa sordera de los sentidos a la que sucumbes cuando escuchas tu música favorita hasta la náusea. Sin embargo, ayer volví a dar un paseo largo y recorrí lugares que había andado mucho en otras épocas. Empecé en el Auditorio Nacional, que hace de puerta entre el barrio de la Prosperidad (donde recuerdo haber comprado pollos asados en 3 euros) y la Colonia El Viso (donde vi a Butrageño sentarse en una de sus terrazas a tomar un café) y al llegar a O´Donell, donde había vivido, la sonrisa que me había producido volver a pasar por el Auditorio me hizo observar los cambios ocurridos en esos años.

Primera

En el susodicho barrio se encuentra la Torre España, desde la que Televisión Española emite su señal; al lado hay casas -y familias- de pasado aristócrata pero de capa caída que aún así conservan cierta belleza. Siempre había percibido con curiosidad la cercana avenida Doctor Esquerdo a la altura de la Casa de Moneda, porque sus bares son más bien de clase media obrera y en ellos impera siempre el bullicio de la gente que come una tapa y bebe una caña de pie, y por uno o dos locales solitarios de diseño similar al de sus vecinos del otro lado, ahí donde empieza la auténtica aristocracia del barrio de Salamanca, en el que la gente cruza la pierna y pide un martini.

Pues bien, ese contraste de los pocos bares en O´Donell, sofisticados pero solitarios, no existía más, pues todos habían cambiado su apariencia y su menú, y ahora competían con los demás bares de clase media obrera que igualmente se amontonaba y bebía su caña sobre un suelo tapizado de servilletas y huesos de aceituna.


Pausa

Cuando llegué a casa después de la caminata coincidí con varios vecinos, y me quedé platicando en los portales con esa parsimonia del que acepta resignado el valor del roce social, aunque sea muy de vez en cuando. Hablamos del calor antinatural de Madrid en noviembre, de la desertización en Murcia, de las insólitas inundaciones en las Islas Canarias, hasta que llegamos al fin del tiempo en el calendario Maya y el chiste curativo.

-Si eso, les llamaré a los del banco y les diré que se metan la hipoteca en la pinoteca… -dijo doña Francisca, ama de casa y pequeña empresaria enfrentando la crisis.

-Aunque ahora si llamas no hay quién te entienda, está lleno de sudamericanos, sin ofender. -dijo Pedro, un ejecutivo de ventas.

-Aunque hay qué decir que eso es más bien allá del otro lado de la avenida, donde vive otro tipo de gente, aunque no me malentiendas, a mi me caen bien los mexicanos -dijo doña Francisca gesticulando.

-No me ofendo, a mí también me caen bien los mexicanos -dije- aunque según los estudios sociales el latino más carismático según el gusto español es el argentino.

-Bueno sí, los argentinos y los chilenos; y los venezolanos y brasileños, también nos suelen caer bien, son los demás a los que no entendemos, pero es sólo por el acento -añadió doña Francisca.

-Te entiendo de veras, algo así pasa en México y sin salir del país -dije, justo cuando un tercer vecino de buen corazón a quien llamo el “Estoico sonriente” se acercaba recién llegado al vecindario, y con él la oportunidad de todos para despedirnos.


Segunda

Subí las escaleras corriendo. Cuando entré a mi casa abracé a mi familia y me eché en el sillón reconociendo que ahora el cansancio me doblaba las rodillas. Puse la 1 de Televisión Española, pasaban un reportaje sobre los edificios emblemáticos de Madrid y en un segmento habían juntado a una vecina de un edificio de lujo con una amiga de un edificio de vivienda protegida. La del edifico de lujo clamaba sin tapujos pero sin ofensa que ambos edificios compartían las mismas zonas verdes y deportivas, subrayaba su nivel de excelencia al tiempo que se quejaba de que ellos tuvieran que pagar mucho más por vivir ahí cuando su amiga pagaba menos de la mitad por una casa de similares características en ese barrio “de nivel”. La amiga del edificio de protección oficial sonreía y sin molestia alguna, se encogía de hombros.


Tercera

Aquella escena me hizo recordar alguna noche del año 2001, en el apartamento de Eme y Jota, unos buenos amigos que entonces se llamaban a sí mismos una pareja liberal, y que vivían en una pequeña zona residencial de Arganzuela, cerca del Puente de Toledo, al sur de Madrid:

-Lo bueno es que vivimos de este lado de la avenida -dijo Eme mirando a Jota con sonrisa cómplice pero sin sentirlo, como dándole gusto a él.

-¿Porqué? -pregunté quitándome el sabor incierto de sus palabras con un trago de cerveza.

-Porque del otro lado vive otro tipo de gente -contestó sincero Jota después de pensarlo un momento.

En aquel tiempo, en ese grupo de amigos españoles, el eje común era Eme, compañera ideológica de la falsa caviar gouche, y la chica en torno a la que giraban su novio, y los amigos comunes de él o de ella. Sin embargo, un día, Erre, el mejor amigo de Jota, se enamoró de Eme y ésta de él, porque simplemente eran más afines en todo: en la sensación que tenían al besarse, en el gusto por el arte, y en la esperanza de formar una familia que Jota nunca quiso. Ahora ambos viven juntos, y desde entonces son más felices con sus vidas; aunque el grupo de amigos hippies por supuesto fue disuelto por el tiempo como grupo y como idea, como sucede en estos casos.


Final

También yo cambié de casa y de pareja, en esa y en otras ocasiones más, y por efectos de la inercia, y al mismo tiempo del movimiento por las calles de Madrid, me fui alejando de Eme y de Erre pero no del cariño -sé que algún día los volveré a ver partiendo de lo conocido y valorando lo nuevo-. Mientras, les recuerdo junto con todos y todo lo que pude conocer donde he vivido, porque hay algo en común, sí, dos tipos de gentes, antagónicas entre sí pero nunca enemigas, gentes que siempre se repiten tal vez para todos los que nos fuimos una vez de casa, gente que con su roce nos instan al cambio a los que estamos fuera de nuestra tierra, y que a veces, con su contacto, nos hacen más duros, más frágiles… o sólo más flexibles.

Carlos Manuel Torres Guerrero  / criticarlos.wordpress.com

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3 Comentarios

  1. Angel Cereceda
    Publicado 26 de noviembre de 2009 en 08:20 | Permalink

    Ehh me gustó mucho está publicación. Se me hizo muy sencilla, poco rebuscada. Una narrativa urbana con mucha esencia humana sin ser del todo sentimental.

    Saludos…

    • carlos torres
      Publicado 27 de noviembre de 2009 en 21:50 | Permalink

      Gracias Angel, la mejor opinión que podía recibir al respecto, por ahí quise darle… Un gran saludo.

  2. carlos torres
    Publicado 23 de noviembre de 2009 en 18:47 | Permalink

    La imagen es una joyita, gracias belén…

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