Un mexicano en España VI (3 de 3)

Autor: Nuky M. (cc) / Siete34
Cuando llegué a la Plaza de Armas empecé a oler por fin el desierto y con él la leyenda que hace único a Torreón: su tierra, con tal abundancia en aguas subterráneas que hicieron de ella un oasis gigante, y la Zona del Silencio, donde las ondas magnéticas lo colapsan todo y llaman a los ovnis.

De los recuerdos que me quedan del viaje en tren hacia Torreón hay uno que además de ser entrañable me preocupa, y otro que me llena de orgullo pero me duele: la gran desertización que seca las fuentes, y el otoño de una época dorada en que faltaba agua pero sobraban historias. Sin embargo los recuerdos fluyen de un lado a otro sin parar y cada ciudad tiene su plaza y cada plaza tiene sus historias.

Aquella tarde habría todavía agua y memoria para quedarse un rato ahí, frente a un negocio de aguas gaseosas y helados que no encontraría en toda España ni por bello, ni por feo. Las terrazas son en las plazas de Madrid lo que los changarros ambulantes en México, lugares donde comer o beber algo en la calle, pero en Madrid las hay con diseños futuristas o barras de mármol, y en México simplemente tenemos el hechizo del chile.

Aquella tarde era la última tarde que pasaría solo en la Plaza de Armas de Torreón antes de volver a Monterrey y viajar a Europa. Me imaginé cruzando los puentes de Ámsterdam en bicicleta, me imaginé bebiendo un vino tinto barato junto al Sena o escuchando bulerías en un barrio bohemio de Madrid. Por fin pedí una cerveza de raíz y un cuadrito helado de nuez con miel, respiré hondo, y me senté recordar.

-De niños, mi hermano y yo íbamos a nadar al río Nazas -dijo mi padre con los ojos en el vacío.

El vaso tembló en sus manos. Recuerdo que había algo en su voz que no era tristeza pero que la llamaba. Lo sé ahora porque después de los años he ido aprendiendo a perder, a seguir andando en un mundo donde ganar es la ilusión de que algo es permanente.

-Pero no hay agua, sólo hay piedras y charcos, lo veo cuando cruzamos el puente -dije con falsa sorpresa, como si fuera la primera vez que me lo contaba.

-Antes fue un río de verdad… -entonces algo lo despertó, por un momento creí que era consciente de las muchas veces que me lo había contado, su boca se estiró de un sólo lado al mirarme- No había albercas y en la colonia 20 de noviembre apenas había agua para beber.

Miré la plaza. Las personas andaban en un silencio aislado como si hubiera ruido pero este no se escuchara fuera de una bolsa invisible, como en los sueños. Conocía las historias de papá de varias formas pues cada vez que me las contaba yo ponía algo nuevo que veía cuando nos sentábamos a tomar una cerveza de raiz, como esas señoras que al salir de la tienda de ropa llevaban varios vestidos puestos uno encima del otro, que luego se quitaban a un lado del kiosko para entregarlos a otras señoras a cambio de dinero.

-En esta plaza empecé vendiendo billetes de lotería -había dicho mi padre.

Cerca del kiosko un viejo indio tarahumara veía la misma escena y tallaba muñequitos de madera sentado sobre un jardín. En su regazo había muchos collares de cuentas y materiales para adornar los muñequitos, que eran como réplicas en miniatura de sí mismo. A su lado otro viejo prieto y requemado por el sol vendía lotería con una ristra de billetes colgada al cuello. Me pregunté cuánto tiempo llevarían haciendo eso.

-Nos gustaba nadar contra la corriente del río… -dijo mi padre apretando el vaso.

La cubierta pegajosa por los azúcares derramados sobre la barra de piedra me sacó del recuerdo, el empleado de la tienda de aguas gaseosas me miró extrañado hasta que vi la sangre sobre mi mano. Era un corte limpio, la sangre manaba despacio pero sin parar y unas gotas cayeron sobre el helado de nuez con miel. Una señora a mi lado me alcanzó un pañuelo y me recomendó cuidados.

Dejé de preguntarme cómo me habría cortado. Me di cuenta que apenas podía apreciar los cambios en la plaza desde que iba de niño con mi padre, o estos simplemente no existían. El cuadrito de nieve con miel había pasado del gris al rosa.

-Si logra sacar la argolla se lo queda, si no, me lo compra -dijo con arrojo un niño que apareció a mi lado.

El empleado le hizo un gesto con los ojos y yo a él. La voz del pequeño tenía una seguridad que nunca tuve que usar a esa edad. No pude sustraerme a su mirada, infantil y penetrante a la vez, apenas iba a decirme algo cuando vio la herida y cambió su expresión.

Casi da la media vuelta para marcharse cuando acepté el reto. Siempre he tenido una debilidad natural por las cosas que parecen imposibles. Los recuerdos seguían y yo los seguía a ellos.

Pocas veces jugué con mi padre, él solía decirme sin pudor que los periodistas sólo jugaban a la barra libre. Ahora sonrío sin saber por qué, pensando que esa era otra de esas cosas que de adultos nos acostrumbramos a decir a los niños como ignorando el hecho de que con un poco de suerte estos crecerán, y con ellos la motivación oculta de las palabras escuchadas, ya convertidas en laberintos.

El juego eran dos pequeños alambres en forma de herradura con un aro entre ambos

-No se puede papá, este juego es imposible -le dije un poco desesperado. El me miró con aire de suficiencia y cogió el juego.

-Se llama rompecabezas -contestó mirando a la plaza, y con sus manos un poco temblorinas sacó la argolla de un movimiento. Recuerdo haber sentido eso que hay tras los goles marcados frente a un público, eso que te hacía sonreír aunque fuera nimio, aunque no costara ningún dinero. Me miró con picardía y me devolvió el aro.

-Fíjate bien cómo lo haces, y no repitas los errores, porque te los vas a aprender…

Entonces, por un momento toda la plaza se oscureció. Miré al cielo, no había ninguna nube, en el desierto es más fuerte el contraste entre la luz y la oscuridad, hay como una línea que les marca y cuando los niños están en la calle a veces juegan a perseguir esa línea.

Volví a mirar la plaza y ni a mi padre ni a la gente les causaba asombro ese momento. El cielo estaba totalmente cubierto de urracas que danzaban en un movimiento suave y orgánico, como el agua en mar adentro.

Mi padre observaba los jardines por donde pasaban los carritos ambulantes vendiendo champurrado o colas asadas de pato, cuando llegó un niño con un cajón de bolero y papá le dijo que le lustrara los zapatos, aunque los zapatos los acababa de comprar.

-…Nadábamos contra la corriente -repitió esta vez para sí mismo.
-…¿Para qué? -dije por fin, creyendo que otra vez repetiría la respuesta heroica de otras veces.
-Porque sí… -dijo con desdén por primera vez- porque quería ver hasta dónde podía llegar.

La argolla salió de repente sin darme cuenta de cuál había sido el camino. La sangre había coagulado y me había dejado una mancha que preferí dejar secar. Miré a donde solían estar los boleros pero ya no había ninguno. El niño me acusó de saber el truco de antes pero le dije que de todos modos se lo compraría, saqué un billete pero él no tenía suficiente cambio y le dije que me diera otro juego, el más difícil. Me volvió a mirar la mano y entonces agarró un rompecabezas en forma de espiral con varios anillos entreverados.

-Ese no lo podrás sacar tan fácil -me dijo con voz de pillo y se fue tras unos turistas.

Nunca he visto un rompecabezas como los que conocí en la Plaza de Armas de Torreón con mi padre pero he visto otras cosas igual de fantásticas como los diálogos gallegos o las castañuelas flamencas.

Casi me iba, no había avisado mi llegada pero con seguridad mis primos harían una carne asada y vendrían casi todos, casi todos. La plaza oscurecía, de pronto una urraca aterrizó frente a mí y empezó a pasearse recogiendo migajas, enseñando ese pecho blanco cuando iba de frente y el negro absoluto cuando se volteaba.

Apoyé los brazos sobre la barra de piedra y me puse a observar el juego de la espiral lentamente. Pedí la última cerveza de raíz que sabía a niñez.

Carlos Manuel Torres Guerrero / criticarlos.wordpress.com

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14 Comentarios

  1. Rosalia
    Publicado 30 de octubre de 2009 en 09:57 | Permalink

    Simplemente Felicidades!, el orgullo me sale por los poros ; por ser Mexicano y algo mas

    • carlos torres
      Publicado 30 de octubre de 2009 en 17:46 | Permalink

      Gracias Rosalía, a mí me enorgullece que haya personas diáfanas en su sentir como tú… Has de ser mexicana, y algo más…

  2. ana
    Publicado 08 de octubre de 2009 en 14:39 | Permalink

    Simplemente deliciosa esa narración de niño único y observador…

    • carlos torres
      Publicado 08 de octubre de 2009 en 15:48 | Permalink

      Gracias Ana, así dan ganas de nadar contra la corriente, tras la corriente, corriente, ente.

  3. HUMBERTO
    Publicado 07 de octubre de 2009 en 03:20 | Permalink

    que onda carlos, te retrasaste guey! pero bueno, aquí estamos leyendote y recordando la patria., y mira qu como dicen, que pequeño es el mundo, yo soy de coahuial, de saltillo, rival de la gente de la laguna, por cierto…
    y lo que tocate sobre el agua subterránea es un tema peliagudo…
    y lo de la zona del silencio…
    pero te falta algo muy importante lo de Cuatrocienegas coahuila! la zona patrimonio de la humanidad…
    no anduviste por ahí?

    • carlos torres
      Publicado 07 de octubre de 2009 en 06:25 | Permalink

      Claro que conozco Cuatrociénegas, es de los pueblos más misteriosos y bellos que he conocido nunca. Te debo un cuento que suceda por ahí, y cuando quede te lo dedicaré a ti y a Saltillo, de donde aún recuerdo los tacos de asadura en el mercado y el pan de pulque. Gracias por leerme chamacos!

  4. Carmina
    Publicado 07 de octubre de 2009 en 02:35 | Permalink

    Belén, estoy facinada!!!!!!!! La foto- o como se diga- de esta columna de Carlos es FANTÁSTICA!!!
    Carlos, perdoneme que me dirigiera primero a Belen; ya se que sin su columna, no existiría la foto… pero es que no encuentro como sacó en la foto un rompecabezas de alambre…. Se que es una creación de Belén, lo sé…. Por eso, felicidades a los dos !!!! Buen equipo.

    • carlos torres
      Publicado 07 de octubre de 2009 en 06:18 | Permalink

      Belén tiene la mirada del buscador, siempre encuentra la belleza y con algo de picardía. Yo mismo me froto las manos pensando qué irá a sacar en cada texto. Gracias Carmina. Gracias Belén. Gracias a la vida…

    • NukyM
      Publicado 07 de octubre de 2009 en 06:25 | Permalink

      Gracias Carmina, por emocionarte. Nos animas a seguir contando y dibujando la historia de este mexicano en España….
      Me pareció importante resaltar que a nuestro mexicano aún le quedó por resolver algún rompecabezas – como nos falta a todos – de los complicados….
      En España no ha sido para mi cotidiano encontrarme con este tipo de juguetes, quizá alguna vez habré visto uno muy típico, de dos clavos entrelazados… Espero que el de la foto se asemeje a los de la infancia y espero que consiguieras resolverlos….;-)
      Ah, y gracias Carlos por describir tan bien, así se me hace muy divertidas las composiciones… y un guiño a ese buscador con mirada de pícaro…

      • carlos torres
        Publicado 07 de octubre de 2009 en 07:27 | Permalink

        Sí que se parece al rompecabezas de mi recuerdo Belén… Y sí lo voy resolviendo, poquito a poquito, que los ángeles tocan qué nuevas me traeis…

  5. victoria cantú
    Publicado 06 de octubre de 2009 en 17:50 | Permalink

    Bien por tí Carlitos de verdad, transporta tu historia, la vivo contigo. montón de besos.

    • carlos torres
      Publicado 07 de octubre de 2009 en 06:14 | Permalink

      Gracias por los besos, se sienten como tu sonrisa. ¡Victoria!

  6. mildred
    Publicado 06 de octubre de 2009 en 17:47 | Permalink

    Muy buen texto Carlos Torres. Gracias por escribir todas estas imágenes que para los que estamos lejos de México (no en España precisamente) nos da un gusto transportarnos hasta poder entrar en cada una tus palabras. :)

    • carlos torres
      Publicado 07 de octubre de 2009 en 06:11 | Permalink

      Es lo que siempre quise ser Mildred, algo así como un Caronte a la inversa, con el suficiente desparpajo como para decir esto mismo. Gracias, yo también siento tus palabras.

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