La primera vez que volví a México tuve la sensación de que me esperaba una emboscada. Habían pasado cuatro años y yo creía haberme convertido en algo así como un exiliado, un paria por decisión propia que desdeñaba sus orígenes. Me había ido porque quería conocer otro mundo, tal vez uno donde las cosas más normales fueran la norma, donde el asombro naciera de ver las cosas talladas de una sola pieza.
Sólo cuando ya estaba en México avisé a mis amigos (esos que te esperan sin que les llames) y a mi familia (esos a los que uno podría llamar todavía). Iba con toda la parafernalia ad hoc de este tipo de momentos, una novia española, monedas de cada país, postales cuyos lugares no conocía, derrotas invisibles y éxitos adulterados.
Pero me recibió un México que creí diferente, aunque el diferente era yo. Ya no me divertía el ruido por el ruido, ni podía soportar el machismo velado donde esposas e hijos callan ante el abuso o el maltrato, ni había ido para presumir algo inexistente como la idea de éxito que se nos había inculcado desde niños, el del coche del año y las vacaciones en Las Vegas.
En un patio que sería enorme para cualquier ciudad española, mi familia (esos a los que podría llamar todavía) se juntó para recibirme, y en la típica carne asada norteña los tuve a mi alrededor preguntándome cómo era ese mundo de donde venía, aunque condicionados por la única experiencia que tenían de alguien que se hubiera marchado tan lejos, los Estados Unidos.
Les conté lo que entonces creía relevante, que Madrid era muy bonito y que las españolas también. Que el transporte era formidable, y que había monumentos tan monumentales como los de nosotros. Pero no pude comunicarme con ellos. Yo era un contador de historias, como siempre lo había sido, y las historias como la literatura, no ayudaban a mejorar la vida según me dijeron luego, con la quinta cerveza.
Por donde fuera que hayamos andado, a mi entonces novia la llamaron “la españolita” pues eso es lo que era, y a mí me llamaron por mi nombre, y no con el apodo familiar con el que había crecido entre ellos. Fue cuando me di cuenta que en realidad esperaban conocer a un nuevo yo sin haber conocido nunca al viejo yo. Fue cuando acepté que mi familia, como mi nacionalidad, eran un mero accidente, que yo era un accidente.
Pertenecer a una familia como a un país, implica llevar a cuestas sus pecados y sus virtudes, aunque esto es algo que no se dice y que no interesa, pues lo que interesa es la idea de casta y de éxito, la sangre, separada y clasificada por caracteres; y el tiempo, vertiginoso y horizontal llevándose nuestras vidas sin que podamos apenas percibir su paso.
Mi padre también se fue un día, según dicen unos, porque debía dinero a un matón y, según otros, por pura vagancia. Después de buscarlo durante meses llegó una carta escrita por él desde una playa del pacífico. Luego llegó alguna otra, relatando cómo se vive en una ganadería de toros, o que se siente ser extra de cine y ver pasar a tu estrella todos los días. Luego no llegó nunca más nada, hasta que un día volvió.
Creo que para mi padre como para mí algunas historias calaron tan hondo que uno acabó por pertenecerles, y no al revés. No puedo cambiar la visión de mi familia porque simplemente ellos no han podido escoger otra visión que no sea la heredada, y para un mexicano difícilmente ninguna visión afectada por el exterior, o por valores distintos, puede modificar su estructura social, su realidad.
Ahora y sin poder decírselo creo que mi padre nunca perdonó a su tierra el haberle humillado con su burla, que nunca perdonó que su tierra fuera un lugar donde saber más que los demás era peligroso, y donde un racismo de por sí paradójico se agrava con la pobreza. Habiendo perdido la ilusión de que eso que nos rodeaba fuera realmente positivo y se perpetuara, de que nuestra familia, y nuestros aledaños, fueran seres en quien pudiéramos confiar, el guerrero que lo habitaba lo llamó a la conquista del mundo, y se fue.
Han pasado diez años desde que dejé el país donde nací, y en México como en España siempre he sido un espectador. Un actor al margen de la obra que ante la abulia o el desencuentro mira de lejos, observando sólo para entender pero sin integrarse del todo, para poder seguir entendiendo, y mi país es ahora un circo de ilusiones, un laberinto movedizo donde ya no sé si mi vecina es informadora del crimen, o si mi amigo de la infancia se prostituye.
Finalmente, cuando llegó la hora de volver de aquel viaje, me despedí como se despiden los que van a la guerra, con apenas un gesto. Apenas subí al avión me dije que no volvería a México hasta que mi realidad coincidiera con las expectativas de aquellos que me querían, para poder ser feliz con lo que ellos me daban, y para poder hacerles felices. Ahora sé que lo más importante es esa gravedad horizontal que nos jala hacia nuestro fin.
Al bajar del avión y llegar a la aduana del aeropuerto de Madrid vi tres filas, una para los españoles, otra para los extranjeros, y una más para los europeos. Fui y me coloqué en la segunda fila tratando de no aparentar ser un turista, con la absurda esperanza de sentirme en casa todavía. Sabía que ese viaje lo había cambiado todo porque la ilusión deja de ser tal cuando cualquier realidad la toca, y la realidad la tenía también ahí enfrente. Discretamente saqué mi pasaporte, y le dije a mi novia que me esperara del otro lado, que ya nos encontraríamos luego.
Carlos Manuel Torres Guerrero / criticarlos.wordpress.com





7 Comentarios
… Sí, la nostalgia es el precio de la aventura del nautoconocimiento queridos chamacos. Mario, una vez en Utrech Holanda reconocí el acento de unos mexas en una tienda de discos… y habituado a la moderación local me alejé no por antipatriota, sino por pudor. Porque somos folklóricos y un poco egocéntricos, y eso nos enriquece al mismo tiempo. Sarapastra, excelente historia, por supuesto, me recuerda a mí mismo. Te felicito por tu sensibilidad y tu belleza narrativa. Carmina y Ana, me dejan blandito con sus palabras, gracias.
Buenísimo!!!!!!!!!!!! Resume TAN bien el sentimiento de quien deja su casa y vuelve pasado el tiempo; y esa sensación de no ser ni de aquí ni de allá… ¡enhorabuena!
Me ha encantado leerte, por lo que dices y lo que tratas de decir, como que “y para un mexicano difícilmente ninguna visión afectada por el exterior, o por valores distintos, puede modificar su estructura social, su realidad.” ????
Y la imagen!!! a todo dar.
“… en México como en España siempre ha sido un espectador”
Creo que eso tiene sus matices. Déjeme contarle una pequeña historia.
En mi infancia, conocí a un niño que creo era como usted. Los primeros años parecía este niño -que por cierto era un año menor que los del resto de su generación- sí, estar distante, pero no por decisión propia, sino porque -al menos así lo percibía yo- sentía él que debía agradar a sus mayores. Poco lo traté en clases durante los primeros años, a lo sumo, en un par de ocasiones.
El destino, y las pocas opciones disponibles, dispuso que fuéramos juntos a la secundaria de mi pueblo. Mi percepción inicial infantil se desmoronó cuando, un día, desoyendo mis consejos, decidió enfrentar él sólo al dictador de turno. Este dictador administraba el orfanato-cárcel que era nuestra secundaria, lugar en donde sus caprichos y deseos eran la ley suprema.
Se armó mi compañero de un valor no conocido para alguien de su comunidad, cuestionó el status quo y venció. Sí, venció.
La fuerza de la verdad contenida en sus palabras atravesaba el aire de la arbitrariedad y ésta, se escurría por debajo de la puerta.
Ese día, con esa acción, abrió un orificio en la hasta entonces inquebrantable muralla oscurantista en la que vivíamos.
Muchos de sus ex-compañeros, hombres ahora, que tal vez nunca podrán salir de su país, de su ciudad, de su vida destinada al “fracaso”, que deberán aceptar, con resignación, el saber que su mayor placer será celebrar el triunfo de su equipo o hacer una carne asada.
A ellos, en su interior, les dejó grabado el saber que se puede enfrentar lo imposible, que lo importante no es el resultado, sino esa actitud descarada al vivir, por el hecho mismo de existir.
Para la mayoría… para la Mayoría, un momento así habría hecho una vida. Este amigo del que le cuento, no tuvo un momento de gloría, tuvo mil.
Pasaron los años y se fue lejos. Lejos en la distancia y lejos en el tiempo.
Cuando lo volví a ver años después encontré, no a un mexicano, no a un extranjero, tampoco a eso que se le ha dado por llamar “ciudadano universal”. Encontré, a través de su mirada y sus palabras, a la misma persona que dejé de ver ayer ¿o años atrás?
Porque el tiempo, el espacio, las costumbres, la sangre, es todo tan relativo, tan poco cohesivo por si mismo.
Hay algo más, que no se cura con el tiempo, que no se racionaliza. Como cicatriz en el rostro que llevas orgulloso.
Son los recuerdos, los momentos que reviviré una y mil veces cuando le vea. Las mismas historias, los mismos personajes pero, cada vez, sazonados con un poco más de mitología en ellas. Nuestra memoria fallará, pero la imaginación, no.
Con un buen vino o con uno malo. En un patio enorme y tranquilo o en un bar como de película de Almodóvar.
A veces me pregunto cómo estará mi amigo.
Como usted, él también está lejos.
Espero que esa gravedad horizontal que nos jala hacia nuestro fin sea tan fuerte, tan intensa tan inevitable, que no nos quede otra opción más que lanzarnos en caída libre… horizontal, sin paracaídas.
PARA SARAPASTRA:
BUSCA A TU AMIGO… HAY MUCHAS FORMAS POR INTERNET, POR LOS SERICIOS TELEFONICOS DE LOS DIVERSOS PAISES, PREGUNTANDO EN EL REGISTRO CIVIL…
PARA SARAPASTRA:
BUSCA A TU AMIGO… HAY MUCHAS FORMAS POR INTERNET, POR LOS SERVICIOS TELEFONICOS DE LOS DIVERSOS PAISES, PREGUNTANDO EN EL REGISTRO CIVIL…
Y NOS PLATICAS… EXITO!
¡Hola! No sé cómo llegué a esta página (o si ella llegó a mi) pero aquí estoy. Primero leí el capítulo III para después leer los primeros dos.
No hace mucho estuve en España, era de esos afortunados con beca escolar, aunque solamente fuera por un semestre de mi licenciatura. Yo también nunca dudé en hablarle a los mexicanos a los que me encontraba, tal vez no dejé de hacerlo porque pasé poco tiempo allá.
Y hay muchas cosas de lo que escribes, en lo que me puedo sentirme identificado, y me resulta muy curioso que utilices el exilio al inicio de tu escrito, porque así me sentía yo, y así sentí a algunos de mis amigos… como exiliados de nuestra patria, en la búsqueda de crecer lo más posible, para en caso de regresar poder sobresalir en esta sociedad terriblemente malinchista…
Y regresamos, y regresar es muy difícil… y todavía añoro estar en España cada día, aunque también estando allá, añoraba la patria…
Espero con ansias el capítulo IV