Un mexicano en España VI (1 de 3)

Autor: Nuky M.(cc) / Siete34 (fotografía: Mirek Hejnicki /photoxpress.com)

Los rieles del ferrocarril son para el desierto lo que las caracolas para el mar. Guardan la esencia sonora de un cuerpo vivo y pretérito. Cuando uno pega la oreja a su superficie se escuchan ecos lejanos del tren que ya pasó pero no del que está por venir; no podemos escapar a su nostalgia, árida o fría, aunque siempre pulida como el horizonte marino, o como su acero.

Me acuerdo del sonido de los trenes porque desde niño les conocí por dentro. Mi abuelo fue maquinista y algunos tíos y primos trabajaron como garroteros, balanceando desde el cabús una linterna de petróleo con la mano para dar señales al maquinista, o a algún otro garrotero entre él y la cabeza del convoy, recorriendo rutas del norte de México por las que anduvo un tal Pancho Villa.

En España y Europa he andado mucho en tren. Primero como turista que cree que el dinero no se acabará, luego como residente cómodo y becado por su madre, después como vándalo adolescente brincando los accesos por donde no había seguridad, hasta alcanzar el refinamiento del espía: pasar al lado del guardia cuando este se voltea por un segundo. En cualquier caso, el tren siempre fue mucho mas nuevo y cómodo que los que conocí en mi tierra.

Sin embargo, he viajado tantas veces en tren que poco a poco fui perdiendo aquella identidad romántica que un día me nació de jugar en los carros abandonados sobre el cascajo, de escribir y dibujar con gis sobre su fierro oxidado o de esconderme con mi primo Ricky bajo las comisuras de un puente para sentir la vibración trepidante de ciento cincuenta vagones imparables.

La última vez que me subí a un tren mexicano fue el ultimo gran viaje que hice antes de venirme a España y también fue la última vez que aprecié la tierra de mi padre con ojos de niño. Había ido a la capital desde Monterrey y al regresar cambié el billete y me fui a Torreón. Con el pretexto válido de ver a mi familia alimenté con recuerdos la esperanza de sentarme en la Plaza de Armas a beber cerveza de raíz, a comer cuero de cerdo bañado en salsa y a que me bolearan los zapatos bajo un álamo.

Los asientos de segunda eran de madera y chirriaban al moverse. El trayecto duraría más de veinte horas y al cabo de un rato de inmovilidad salí al espacio entre vagones. En una huerta, unos niños desnudos se mojaban con el agua sacada del pozo y una muchacha prieta y desgarbada me miró tras el cabello sobre su rostro tímido antes de echar comida a los pollos. Cuando voltee hacia adentro del vagón aparecieron unos ojos verdes bajo una gorra de chulapo.

El hombre tenía una apariencia que me recordó al típico español de algunas películas del cine de oro, no tendría más de cincuenta años pero su aire se me presentaba antiguo con esa gorra en blanco y negro, y su puro, cuyo humo le envolvía el rostro. Aún no conocía España pero algo me dijo que no era otro gachupín jugando a ser Indiana, y el viaje daba para conocer a cualquier persona o leer el Quijote. Le pregunté por fin de dónde era.

-¡Soy de Madrid!
-…yo también -le dije -pero me mimetizo con facilidad.
-Lo podrías ser, hace mucho nosotros también fuimos una colonia.
-…ya ves, hablamos un idioma que cada quien aprendió a miles de kilómetros el uno del otro.

Nos miramos como cuando estás en un restaurante con música en vivo que no escuchas, y de repente una palabra te advierte la excepción, la nota que vale la pena escuchar.

-Todos tenemos los mismos problemas, y las mismas esperanzas.
-Como con la copa del mundo -le dije sacándole una primer sonrisa.

De pronto pensé que ese tipo de platicas solo se daban cuando no tienes nada qué perder, cuando ni estás ni estarás, porque por unas horas sólo existe el movimiento. Pasó un carrito vendiendo bebidas y tacos y agarramos varios de cada uno. De repente el español me hizo un gesto con la mano hacia la ventana, eran los gigantes de Tula, tan imponentes que sólo fruncí el ceño. Luego fue un arroyo verde. El sol se apagaba pero dejaba una mancha naranja que yo no conocía en el norte.

-Y ¿a qué te dedicas? –preguntó el español viendo el paisaje.
-Soy poeta –le dije arrepentido en el acto.
-Pero ¿a qué te dedicas? –dijo mientras la bocanada le disimulaba otra sonrisa.

Era como un guión, como algo previsible pero necesario. Íbamos por la segunda cerveza, el aire fresco me dormía la piel del rostro cuando saqué los brazos al pasar por aquella enorme plantación donde un par de niños corrían entre los maizales y en el horizonte se acercaba un túnel partiendo la montaña, como ésos de las películas viejas.

-¿Y tú, andas de vacaciones? –le pregunté.
-Sí, como muchos otros europeos por aquí.
-Tú no eres europeo.
-¿No? –dijo sorprendido.
-No, los europeos son para los españoles lo que los norteamericanos para los mexicanos. Yo habito en Norteamérica pero soy mexicano.
-No lo había pensado así –dijo con seriedad.

Me pidió que lo esperara y al cabo de unos minutos volvió con un libro y acompañado de una bella mujer completamente despeinada, a la que me presentó como su amiga. Entonces el español me tendió la mano con el libro y yo me quede viendo la fotografía de la portada, pues se me hizo muy familiar. Me dijo: “Vengo a ver esto…”. El cactus era simétrico y gallardo, y no se veía nada más en el horizonte que su sombra sobre la arena. Sobre su corona de espinas, decía en letras grandes: “México”.

Carlos Manuel Torres Guerrero /criticarlos.wordpress.com

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8 Comentarios

  1. eliasmiranda canevet
    Publicado 18 de mayo de 2010 en 12:02 | Permalink

    el tiempo en su inexorable marcha nos da y nos quita, a nosotros los mexicanos nos quito el tren, medio de transporte economico y servicio de carga de que fuimos privados, pero tenemos la infinita confianza de que algun dia tarde que temprano recuperaremos el caballo de hierro y alos pueblos ferrocarrileros en el que el ferrocarril formo parte de lacultura y historia de nuestras regiones, cuando elsilvato, la campana de las locomotoras daban el abiso de llegada y salida de las estaciones a lo largo y ancho de mexico, cuandocon alegria los pasajeros eran despedidos por sus familiares, cuando hombres, mujeres y ninos eran elalma vibrante de esas estaciones que lucen abandonadas por personas sin escrupulos y amor a mexico nos privaron de este tesoro tan invaluable que fue el ferrocarril, como norecordar al viajar en eses trenes cuando traian esos cochesitos de primera regular los singulares coches se segunda clase cuando el ferrocarril nunca distimguio clases sociales, el servicio de los trenes estrellas como el regiomontano, el tapatio, el jarocho el singular el costeno el tren bala de guadalajara jal. a nogales y mexicali todos los pintorescos pueblos que fueron agraciados por elpaso del ferrocarril, los caminos que ya no hay. espero vean por you tube pagina ferrocarril elias algo de los ferrocarrilesnacionales de mexico, para fotos y recuerdos del ferrocarril del pacifico mi correo es eliascanevettfcppullman@hotmail.com mi nombre es eliasmiranda canevett. para cualquier comentario. G R A C I A S. Para losferroaficionados

  2. vettonio
    Publicado 21 de enero de 2010 en 04:47 | Permalink

    Por lo que leo, creo que entonces tenías muchas ideas platónicas acerca de los españoles en particular y de los europeos en general.

    Me gustaría comentarte un poco el dialogo con el hombre de Madrid y en especial esto:

    -¿Y tú, andas de vacaciones? –le pregunté.
    -Sí, como muchos otros europeos por aquí.
    -Tú no eres europeo.
    -¿No? –dijo sorprendido.
    -No, los europeos son para los españoles lo que los norteamericanos para los mexicanos. Yo habito en Norteamérica pero soy mexicano.
    -No lo había pensado así –dijo con seriedad.

    Creo que este hombre dio muestras de un mayor bagaje en este mundo y tú no supiste valorarlo. Te comento. Decir a un español “Tú no eres europeo…los europeos son para los españoles lo que los norteamericanos para los mexicanos. Yo habito en Norteamérica pero soy mexicano.” puede ser interpretado como muy irrespetuoso. Esto en concreto muestra tu visión personal del mundo, de los españoles, los europeos y del legar que ocupan los mexicanos en el mismo. El español tuvo una reacción honrosa, educada y respetuosa. Zanjó la cuestión de la forma más amistosa posible.

    Yo me siento herido al leer esto y pienso en cuantos siglos de historia y prehistoria, cuantos batallas y alianzas se han esfumado de repente en una sola frase, como si nuestros antepasados íberos y celtíberos, aquellas tribus bárbaras para unos y guerreras para otros, fuesen unos intrusos en su propia tierra, como si no hubiera ningún lazo entre éstos y aquellos otros primos del norte. Como si los milenios transcurridos fuesen meras palabras. De repente todo esto se esfuma ante una sola frase.

    Para nosotros “los europeos” no son como para vosotros los norteamericanos. Imagino que vosotros también os identificáis como americanos, del mismo modo que nosotros hacemos lo propio con nuestra europeidad. Para nosotros, los extranjeros europeos, especialmente los del norte, son “guiris”. Y esta palabra no tiene porque llevar implícito ningún tipo de significado despectivo o peyorativo ni ningún otro.

    Entiendo que tu frase iba mucho mas allá de esta simple visión que te he comentado, porque tu idealizaste lo europeo con ciertos tópicos (sofisticado por ejemplo) y visualizaste algo alemán, Frances o inglés, pero no español. Pero esto no deja de ser un prejuicio más en la mente de uno. La cultura europea es rica y variada, y ricas y variadas son sus gentes en costumbres.

    Sólo en determinados momentos, cuando queremos ser muy críticos con nosotros mismos, nos auto-excluimos como europeos y podemos llegar a decir lo mismo como indicando el camino que todavía nos queda por recorrer para igualar en algunos aspectos a nuestros vecinos. Es una simple forma de castigarnos o de darnos latigazos a nosotros mismos. Auto-criticarnos es un deporte nacional muy nuestro.

    En todo caso, disfruto mucho leyendo tus crónicas en nuestro país.

  3. alberto canta
    Publicado 24 de septiembre de 2009 en 05:17 | Permalink

    Bellísimo texto Carlos
    muy bien lograda la nostalgia en la mirada niño
    esperamos el siguiente

    • carlos torres
      Publicado 24 de septiembre de 2009 en 10:05 | Permalink

      Alberto: . .. Cada vez siento menos nostalgia, y más nostalgia por la nostalgia. Nos vamos endureciendo a base de fracturas y traiciones, pero siempre queda la esperanza de que algo o alguien nos despierte de este letargo, de esta trampa que es el deseo por lo tangible. Gracias por tus palabras, seguiré contando mi verdad como la recuerdo (o como debió de ser)… Espero no fallarte. C.

  4. Nuky M.
    Publicado 22 de septiembre de 2009 en 13:04 | Permalink

    Carmina, gracias y al menos por triplicado… Soy la autora de las imágenes que cada semana acompañan los artículos de Carlos Torres y me consta que no es la primera vez que señalas tu gusto por ellas…

    Dirijo la línea editorial gráfica de suenaMéxico y con mucho cariño ilustro personalmente los artículos de Carlos, gran amigo que conocí por medio de mi pareja, también mexicano.

    Soy española y gran enamorada de México pues allí ya tengo familia y grandes amigos, todos ellos grandes luchadores y luchadoras que ponen (como intentamos todos los que trabajamos en este proyecto) su granito de arena todos los días por la conciencia del verdadero México, el que suena bien…

  5. carlos torres
    Publicado 22 de septiembre de 2009 en 08:54 | Permalink

    Carmina: gracias por tus palabras y por leerme. Ciertamente hubo otras épocas menos cómodas pero más románticas. Y en este sentido creo que pertenezco a una generación de mexicanos que alcanzó a ver el final.. o el comienzo, dependiendo de los ingredientes de la niñez de cada quien, que es donde empieza la alquimia que endulzará o amargará nuestros corazones. Si mañana viajamos en cápsulas aéreas, o nos tele-transportamos, que nunca se acaben las historias… ¿no?… C.

  6. Carmina Ruiz
    Publicado 22 de septiembre de 2009 en 02:32 | Permalink

    se me olvidaba porla emoción de mis recuerdos, en felicitarles también por sus fotos que ponen en Un mexicano en España! Me imagino a Carlos adentro del carro del tren!!!!!!! jajajaja me encanta!!!! Quien lo inventa?

  7. Carmina Ruiz
    Publicado 22 de septiembre de 2009 en 02:28 | Permalink

    me has hecho recordar mi infancia, tengo 56 años y viajé en ferrocarril, cuando vivía en Escobedo, Guanajuato. El tren era algo muy enparte de nuestra vida, ibamos a todas partes rapidamente en tren, en aquel entoences era mas rapido que andar en caminos.
    a la gente del tren, maquinistas, garroteros, fogoneros, conductores, se les conpocía por su nombre, a muchos, y eranmuy importantes en nuestra vida.
    recuerdo una vez que mi mdre llevaba unas redes llenas de cazuelas y el conductor se puso a subirlas al tren hasta adentro del carro de segunda clase, donde viajábamos por ser mas barato. la segunda clase era ese carro de asientos de madera que tu dices,
    pues Carlos, gracias, me has llevado a miinfancia, a migente que ya se fue y a Irapuato, guanajuato, a donde íbamos en tiempo de fresa, la mejor del mundo!

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