La seducción del localismo y la fragmentación matérica. El ICA Boston muestra 15 años de la obra de Damián Ortega

Diecinueve piezas, entre esculturas de gran formato, videos y fotografías demuestran cómo Ortega, a partir de los preceptos básicos de la escultura, configura una nueva y atrayente propuesta sobre ella.

Uno de los creadores contemporáneos mexicanos de mayor profundidad discursiva y proyección internacional de los últimos años, Damián Ortega (Ciudad de México, 1967), es objeto de exposición en el Institute of Contemporary Art (ICA) Boston, lugar que presenta más de una década de su trabajo realizado entre México y Berlín –ciudad donde reside actualmente-.

Ortega, de la misma generación de Gabriel Orozco (Xalapa, 1962) y como éste, expuesto en las mejores plazas y eventos de arte contemporáneo del mundo, comparte con muchos creadores latinoamericanos el gusto por la referencialidad local de su tierra, con la cual configura un corpus artístico bastante personal en el que destaca, además, una factura cuidada. Ésta, se ve acompañada de la valorable transformación y reutilización de una amplia gama de materiales y objetos de uso cotidiano, que le permiten a Ortega proyectar sobre ellos lecturas muy novedosas, tanto desde lo propiamente plástico como conceptual. Sorprende, por ejemplo, como un conjunto de tortillas de maíz pueden proporcionar a través de su redondez, textura y color una interesante escultura que pareciera evocar, además, ideas venidas de las primeras vanguardias. Como es de imaginarse, la selección de materiales de este tipo, de carácter bastante insospechado, trae consigo una significativa reflexión política y social, que en este artista viene incentivada desde el inicio de su carrera con su desempeño como caricaturista de periódicos. Si bien estas experimentaciones buscan traducirse, a veces, en propuestas críticas, también en muchas otras ocasiones no son más que la demostración del gusto de Ortega por dotar a su trabajo de humor e incluso, si es posible, de sentido lúdico.

Bajo el estimable criterio de Jessica Morgan, curadora del ICA Boston y de la Tate Modern de Londres, se ofrecen diecinueve piezas, entre esculturas de gran formato, videos y fotografías, que demuestran cómo Ortega, a partir de los preceptos básicos de la escultura, configura una nueva y atrayente propuesta sobre ella. La singularidad y el valor de la selección de los materiales y objetos comentados es parte precisamente de esta exploración, que tiene como asidero fundamental la transposición de la monumentalidad, el estatismo y la rotundidad que define de manera natural a la escultura como formato. Todos estos aspectos son, de hecho, los que han posicionado internacionalmente la obra del artista.

Para Ortega, el proceso que determina la configuración final de una pieza es tan importante como la pieza acabada y por ello, con cierta frecuencia, al ver sus obras no queda claro si están siendo exhibidas para mostrar cómo fueron creadas o si realmente estamos viendo el resultado final. La razón que funda para muchos críticos esta orientación narrativa tiene que ver con la fascinación de Ortega por la ciencia, ya que el conocimiento que ha adquirido de ella -como diletante- le ha permitido establecer una lectura bastante peculiar hacia los objetos; aunada a la propia esencia plástica de su obra. Así, el tratamiento de la fragmentación al que tanto recurre el artista se encuentra asociado al carácter matérico de las piezas y al carácter conceptual, pudiéndose relacionar con las facetas del tiempo de creación.

El sentido de la fragmentación también posee un vínculo directo con el nombre de esta muestra, Damián Ortega: Do It Yourself. Vale la pena recordar que el mexicano salta definitivamente a la fama internacional cuando en la Biennale di Venezia de 2003 exhibe la conocida pieza Cosmic Thing (2002) -presente en esta exposición de Boston-, es decir, un Volkswagen Beetle Tipo1 fragmentado y colgando del techo que brinda al público una referencia cultural básica para cualquier mexicano, la del coche más popular del país durante décadas. Es sabida la sencillez de la mecánica de éste que permite arreglarlo uno mismo, reconstruyéndolo una y otra vez. Tal como en la obra de Ortega, el armar y desarmar representan medios para explorar la propia esencia de los objetos, o en este caso, de las obras artísticas, a través de una mirada que también genera una especie de ilusión óptica de la pieza y dinamiza su concepto a partir de la resemantización de contenidos. Éstos se amplían al ofrecerse la obra como lo que es pero también, como las moléculas de un gran todo que invitan a olvidar absolutamente el carácter de un simple coche exhibido por partes. Se sugiere la lectura de objetos descontextualizados que dibujan en el espacio formas abstractas donde se recrea aquello con lo que seamos capaces de asociarlo pero, nótese, con la amplia posibilidad de alejarlo del sentido real de estos objetos.

La obra de Ortega demuestra a través de rutas muy diferentes su profundidad. Las aportaciones que concibe para expandir los límites de la escultura como formato, el tratamiento temático de las piezas, el giro crítico y humorístico de éstas, aunado a la definición y configuración estética, delicada, localista, pero a la vez sofisticada e industrial, expresan de manera evidente cómo el artista posee la valía que le ubica hoy como unos de los creadores más interesantes y peculiares del arte contemporáneo internacional.

Mónica Núñez Luis / views of art

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