Amor constante más allá de la muerte

imagen: belénMV (cc) / siete34
“Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera…

Amor constante más allá de la muerte. Francisco de Quevedo y Villegas

En México la muerte nos atrae tanto como nos horroriza: le ponemos mueca burlona y le preparamos la mesa con manteles largos. Cada noviembre se montan altares para conmemorar el día de los muertos. Originalmente, esta tradición prehispánica se realizaba en julio, después de las cosechas. A la llegada de los evangelizadores se fusionó con la veneración a los muertos en el calendario cristiano, lo cual le agregó elementos al rito: el crucifijo, la imagen de las ánimas del purgatorio, el cambio de fecha y la distinción de edades. Así, el primero de noviembre se celebra a los “muertos chiquitos” y al día siguiente a los “grandes”.

En noviembre la Muerte se pasea por las plazas, se regodea en su día, baila en el panteón al son del mariachi. También permite a los finados volver al hogar con los suyos. Cada muertito requiere que se le indique el camino de regreso; por eso se prende copal y se alfombra un sendero con pétalos de cempazúchitl. Luego debe purificarse caminando sobre una cruz de cal o sal. El último salto entre ambos mundos es atravesar un arco de flores y frutos y pasar por su retrato, ubicado en el escalón más alto del altar. Hay qué rezarle al difunto y ofrecer veladoras a la Trinidad y a las ánimas para que lo ayuden a salir rápido del purgatorio.

En cada uno de los siete escalones que componen el altar, encuentra diferentes ofrendas: su sombrero favorito, sus cigarritos, sus canciones. Hay que arrimarle el petate para que descanse; también es menester mitigar su hambre y su sed. Después de tanto andar, a cualquier barriga huesuda le cae bien un mole con arroz blanco, tamalitos, café y tequila para el frío, calabaza en piloncillo y -aquí es donde los forasteros se asustan- pan de muerto y calaveritas de azúcar. Los vivos rezan, cantan, bailan, a veces lloran y casi siempre ríen.

Al final de la noche se soplan las velas y todo vuelve a su sitio: los muertos se van, tal vez recitando versos de Quevedo, contentos de saber que el amor y la memoria de sus deudos trascienden al tiempo y el olvido; y los que lloran riendo y terminan degustando el festín, somos los vivos.

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