Un mexicano en España XII – Movida y Malasaña (2 de 2)

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2.- La Plaza dos de mayo y el final tardío de la movida.

En el texto anterior hablé de cómo mi amiga Eme y yo discrepábamos respecto de que la Movida hubiera exportado su movida más allá de España, como no fuera a través de su mitología mediática y acaso de algunos de sus representantes musicales. Sin embargo haría falta recalcar que todos los lugares tienen su movidas pero estas son más o menos conocidas dependiendo del grado de tolerancia pública que tengan los espacios en que se representan.

En la historia de cada uno de nosotros hay puntos de encuentro con la historia de otros muchos. La mayoría de las partes que conforman cada historia podría parecer irrelevante para el curso de la vida de los no involucrados en ella pero a veces esas piezas de rompecabezas dan sentido a cosas tan simples como complejas: la personalidad de un grupo, de un barrio, de una plaza. Si alguien ajeno a la vida madrileña viera hoy la Plaza Dos de Mayo la calificaría como lo que es a simple vista, un espacio europeo y mediterráneo bonito pero dudo que no mucho más. Es ahí donde hago mía la historia de esta plaza como símbolo físico de la Movida, pues me tocó ver, a mi parecer, su ocaso como espacio lúdico sin fronteras.

Los que por cualquier razón conocimos la plaza más de cerca, los que alguna vez pasamos ahí toda la noche de un fin de semana anterior al año 2004, sabemos nada más por haber tenido los ojos abiertos que la Plaza entonces era otra cosa, algo que a falta de referencias sólo podríamos describir, y que en mi opinión y en la de aquellos amigos mexicanos que lo vivieron alguna vez conmigo, como simplemente puro surrealismo. Esto es algo difícil de explicar y que en su momento era motivo de estupor por mi parte pues, aunque venido de una cultura apasionada, desconocía la sensación de impunidad que viví en Malasaña hasta que la fiesta se acabó.

Hoy la plaza es un lugar habitado por los mismos seres, los mismos bares, las mismas tiendas alternativas pero están prohibidas las concentraciones de gente bebiendo, y sus vecinos impusieron, como es natural, esa sensación que uno percibe de cualquier barrio y que habla de si hay peligro de robos, glamour de clase alta, silencio de pueblo fantasma, o si simplemente hay límites. ¿Cómo le cambiaron el cariz? De una forma sencilla: se decretó una ley que prohibía beber en la calle, con la policía para disolver de forma fehaciente, sistemática y periódica, cualquier exceso denunciado por los vecinos.

Eso, según mi opinión, fue el comienzo del fin de una época. Desde entonces el llamado “Botellón” madrileño se fue reduciendo a las fiestas populares, a los eventos que implicaban un consumo masivo y ambulante, y la tolerancia pasó a darse en pequeñas dosis, cambió de forma. Ya no se puede, como antaño, ir por la calle bebiendo una cerveza sin temor a ser mal visto por la autoridad, y beber en lugares públicos pasó a ser una actividad ilegal, oculta, algo que ha de hacerse con cuidado, como en México.

En fin, la Movida significó un cambio en el entendimiento y uso de la libertad, y como antes dije, la Plaza fue uno de sus laboratorios de prueba. Pero cómo contarlo, si al igual que Eme, uno califica y entiende la música según lo que la armonía o, en este caso, el desarrollo de las acciones cotidianas representan para los sentidos. De los muchos comentarios que podría hacer para trasladar mi visión de la tolerancia española a este respecto, me quedo con uno en la que un amigo y paisano compositor y yo estábamos sentados en la plaza presenciando un momento apoteósico, seguramente similar a muchos otros del lugar pero inéditos para mí, por aquello que generaba la sensación de impunidad y que era una forma de tolerancia sui generis.

Eran como las cinco o seis de la madrugada de un sábado veraniego, las cosas se dejaban de ver apenas en su superficie por el tono más o menos claro y las dimensiones. Casi amanecía, bebíamos a tragos cortos pero continuos y teníamos un rato sólo contemplando. Habíamos llegado temprano, presenciando el llenado completo de cada espacio. Los dos estábamos acostumbrados a los grandes desmadres mexicanos e incluso a los españoles, pero después de unas horas de alcohol pasamos a observar nada más, como llamados por esos vértices donde uno percibe que algún pedacito de historia sucede ahí mismo frente a uno.

Con esa anulación de los sentidos que otorgan las cosas demasiado increíbles pero a la vez hermosas, me dijo de repente: “Qué es esto, güey…”. Cada banca, cada rincón -en los escalones, en el pasto, en los juegos infantiles, en las entradas de los bares o de las casas que la rodeaban- estaban ocupados por seres que habían dejado por un momento el mundo de los tickets de autobús, de los pupitres universitarios o de las colas del pan, para ser parte de una masa amorfa en la que: al centro, dos jóvenes trepaban al monumento a los héroes Daoíz y Velarde y, ante la vista y el aplauso de todos, lo rociaban de gasolina y le prendían fuego. Algunos arrancaban el candado que unía un poste de luz y una bicicleta y la echaban con los manubrios por delante a otro fuego que habían iniciado en un tambo. En una de las bancas había tres junkies que peleaban por un asunto de celos entre ellos y súbitamente se abrazaban llorando; unas chicas con pelo punk bebían de una botella de vodka. Las personas caminaban pisando botellas, vidrios… Unos meses después la historia cerró por fin el capítulo para mí y para los que lo vivieron y los que lo hubieran querido vivir.

La otra noche en que pasé muy de noche por la plaza sólo vi gente en las terrazas y alguno que otro grupo de Darks o Punks treintañeros charlando. Subí por una calle hacia Fuencarral -una de las fronteras naturales del barrio- y casi al llegar al final de la calle me quedé admirando un negocio donde uno se podía sentar a tomar un café y a pintar objetos de alfarería con pinceles y diversas tintas. En el vitral exhibían los objetos en el blanco bruto del yeso y la cerámica, y al lado esos mismos moldes una vez pintados y pasados por un horno. El resultado era realmente bonito. Me propuse, aunque no fuera algo que yo supiera hacer, volver algún día e intentar hacer uno yo mismo.

Carlos Manuel Torres Guerrero / criticarlos.wordpress.com

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2 Comentarios

  1. ANGELICA
    Publicado 19 de febrero de 2010 en 07:29 | Permalink

    Estoy totalmente de acuerdo con Vicky, te leemos raro, pero es que creo que siempre has sido un tio raro. Desde los tiempos de la españolita, hasta ahora te ha cambiado mucho la vida. Creo que a peor, por tus cada vez peores narraciones. Ánimo maestro que si cambias de vida puedes llegar lejos.

  2. vicky
    Publicado 25 de diciembre de 2009 en 23:05 | Permalink

    Carlitos, què pasa estàs perdiendo feeling o te leo raro, muchas palabras poco trasmitido, haber hombre como al principio por favor, y mira que soy lenta y simple pero siento ok, felices fiestas y muchos besos.

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