Toma 1
Se escucha la voz en off del narrador, templada y articulada. La cámara se mueve recogiendo la suave neblina en el horizonte de un día lluvioso en el Paseo del Prado, hasta entrar por la baranda que separa el Real Jardín Botánico de la avenida.
Narrador
En el Real Jardín Botánico de Madrid casi todos los pasillos hacen entre sí ángulos rectos, salvo un promontorio irregular con techo de madera y enredaderas de flores, como esos que sugieren épocas romanas y que no faltan en ninguna ciudad de Europa; en ese promontorio cuyo suelo es de tierra se acaban los caminos del Jardín, por lo que aunado a su fealdad objetiva nadie salvo un hombre hay sentado ahí en esta tarde lluviosa de noviembre, en que Madrid por fin recupera su aspecto otoñal luego de un verano que se resistía a morir, es decir, a permitir el nacimiento de otra estación.
Como la lluvia misma, el hombre es una sucesión de gotas de agua que por un momento se juntan, para luego dispersarse y resumirse por la tierra; hace tiempo que el hombre visita ese lugar para recordar. Casi nadie se acerca demasiado pues, como he dicho, en apariencia el promontorio no promete ninguna continuación y hoy, su figura tras el agua y la niebla lo hacen invisible, como el cristal, que deja pasar el color de otras cosas a través de su cuerpo.
Pero hoy, y a pesar de la lluvia, un niño de unos siete u ocho años ha dejado al grupo de la escuela y se acerca hacia el promontorio, llamado por ese techo donde se apretujan las enredaderas que se parece a su propia vida, tan llena de sombras. Cuando ve al hombre, éste lo mira de reojo sin llamar su atención, creyendo que lo puede asustar, pero el niño se detiene frente a él y lo mira como se miran las sombras en un espacio poco iluminado, aguzando los ojos, hasta que el hombre ya no puede evadirlo.
-Hola pequeño -dice el hombre al niño, que lo observa curioso y frontal.
-Dijeron que podíamos jugar por aquí antes de irnos a la Casa de América. La maestra dice que es un lugar importante, que hay muchas cosas bonitas y que podremos escuchar música de colores. Yo le dije a mi papá que vendríamos y él me respondió que esa casa y este jardín son muy antiguos.
- Ambos son muy antiguos, cierto, y también en los dos hay fantasmas. Yo conozco a uno de ellos -dijo el hombre con una sonrisa.
-¿De veras?
-De veras.
-Los fantasmas son buenos o malos…
-Los fantasmas son como nosotros, seres que también existen, aunque casi nadie les ponga atención.
-Cuéntame la historia -dijo el niño con sentimiento de adulto.
Toma 2
La cámara se desplaza de un punto a otro en flash forward, intercala espacios diferentes, hace close ups al rostro del mexicano y a los que él mira por la calle.
La primera vez que entré a la Casa de América lo hice para descansar un poco. Había estado caminando todo el día, buscando trabajo, recorriendo calles que por sí solas me causaban asombro, calles donde veía gente de muchos colores, de aquí de España, gente de China, de África, de Europa, e incluso de México, mi tierra. Llevaba poco en Madrid y me habían dicho que si te acercabas a la Plaza de Cibeles cualquier lugar a donde miraras sería un lugar bonito. Por eso aquel día me acerqué esquivando los coches que pasaban rápidos como pájaros, y aunque tropecé tratando de evitar un coche, al llegar a la Fuente de la Plaza Cibeles, lo primero que vi desde el suelo donde caí fue el Palacio de Linares, que es como se llamaba antes la Casa de América, y sentí que debía ir a conocerlo.
Así llegué a la puerta del patio con el jardín, donde antes de entrar vi a un hombre sentado en una banca, sí, así como yo estoy sentado aquí, sin embargo no me gustó su expresión, ni la idea de sentarme a su lado, porque a veces lo que uno puede ver es sólo una apariencia de las cosas y para poder ver de verdad hay qué cerrar los ojos.
Entonces recordé mi cansancio y por fin me senté sin decir nada. El anciano hizo un gesto de claro enfado que yo no tomé a mal pues por aquellos años algunas personas mayores preferían no hablar con los extranjeros que recién invadían las calles de Madrid, ya que eran personas de otra época y como te dije, cuando algo cambia es porque algo muere, y algo nace. Asumiendo que no había ninguna razón aparente para conocernos, estiré mis piernas, y el anciano echó su cabeza hacia atrás suavemente y se quedó dormido, y yo me quedé mirando el patio del palacio como si me fuera conocido, relacionándolo con mis recuerdos.
Toma 3
La cámara capta el movimiento de una hoja desde que cae del árbol hasta que llega a la banca del jardín de la Casa de América, donde está el mexicano y el anciano. El cielo se ha aclarado.
-Conozco este palacio desde antes de que lo convirtieran en la Casa de América -dijo el anciano con refinada voz, mirando al frente.
-Es mi primera vez en este lugar -dije sorprendido por su repentina expresión afable y porque aún lo creía dormido.
-Yo he estado aquí desde que empezó todo -añadió dándole a su voz la pausa de los que no tienen prisa.
-Sabrá entonces de sus historias de fantasmas –dije, con la esperanza de que me contara algo, de que esa fuera su intención al hablarme así de pronto.
-El recorrido es sencillo, pero inusual. Esta casa fue antes un hermoso palacio, el Palacio de Linares -dijo el viejo ignorando mis palabras, imponiendo las suyas como cuando te enseñan unas cartas con manifiesta intención lúdica e irremediablemente agarras una.
-Y quién vivía aquí -insistí.
-Don José de Murga, Marqués de Linares y Vizconde de Llantero, para servirle…
-Es usted… ¿un fantasma? -dije pensando que charlar con un loco sería una maravilla.
-… No, claro, no podría serlo pues usted me ve, soy esta persona, vestida de esta forma conocida, y usted puede tocarme, y sentirme, como los otros -dijo dándome una palmada en la espalda.
-Quiénes son esos otros -pregunté con sumo interés.
-Todos los que vienen y han venido aquí. Desde que el palacio se convirtió en la Casa de América yo he visto a muchos entrar aburridos y salir con el asombro pegado en los ojos. Sea por las pinturas de un colombiano, por los poemas de un mexicano, o por los cuentos de un argentino. En todas las veces que se ha abierto esta casa ha sido para que pudiéramos encontrarnos gente de uno y otro mundo; porque todos crecemos en un lugar y con una historia a la que hay que adaptarse para seguir viviendo, y en todas las obras que conmueven a la gente hay algo que, como los fantasmas, tampoco se puede percibir con los sentidos, ¿no es cierto?
-Cierto, pero el arte que hay aquí es algo que podemos conocer los vivos, y la historia de la casa cuando era un palacio, solo podrían conocerla los muertos… Si usted fuera don José de Murga, ¿me diría que pasó realmente aquí con su hijo y su nuera…?
-Él descubrió que su esposa era también su hermana, y eso les causó mucha tristeza a los dos mientras vivieron como personas -dijo el anciano mostrando por fin un poquito de nostalgia-, te diría que no les pasó algo muy diferente a lo que les pasa a todos en el presente: se encontraron con su destino y éste era tan difícil de entender que prefirieron imaginarse otro y no vivir su realidad felizmente mientras podían, porque este mundo se acaba de pronto, y las…
La voz se difumina en un Fade out, la cámara hace un picado irregular y se cierra súbitamente.
Toma 4
Vemos la escena como se ve un cuarto oscuro cuando se enciende de pronto la luz. No hay sonido. El anciano para de hablar y mira al mexicano con asombro, como si no hubiera estado ahí hablando con él y de repente se viera a sí mismo con un extraño a mitad de una conversación que no recuerda haber iniciado. Se levanta, y ante el extrañamiento de aquél se niega a seguir hablando y se aleja desconcertado. La cámara enfoca al mexicano que parece entender algo que lo llena de un miedo dulce, entonces se levanta de la banca y se aleja en otra dirección, rozando despacio las plantas que encuentra a su paso con las manos.
Toma 5
Cuando escucha el grito angustiado de la maestra, el niño mueve la cabeza como un gato asustado. El sonido viene de lejos pero acercándose rápido. La lluvia ha amainado dejando ver el rostro sonriente del niño, que casi susurrando, le dice al hombre sentado en la banca:
-Me buscan, me tengo qué ir. Otro día me acabas de contar la historia.
-Está bien, recuerda seguir mirando con los ojos que miran de verdad. Cuídate.
-Cuando llegue a ese jardín me acordaré de ti
-¡Y yo de ti!
Toma 6
La cámara empieza a avanzar por el Paseo del Prado, desde el Real Jardín Botánico hasta la Plaza de Cibeles, donde captura momentos que describen lo que dice el narrador, hasta que se detiene a hacer un close up a un hombre que mira extasiado a su alrededor, mientras toma apuntes en una pequeña libreta.
Narrador
La distancia entre el Real Jardín Botánico y la Casa de América es apenas la necesaria para reconocer que todo el trayecto está lleno del pasado de una ciudad que antaño fue gloriosa para algunos, pero que hoy lo es para todos. La gente que camina por el Paseo del Prado se mezcla sin remedio en las colas de sus grandes museos, en las esquinas esperando el semáforo. Los albañiles se rozan con las damas ricas al cruzar la calle, y los feos son admirados por los bellos por unos instantes, aunque para algunos tales instantes sean la eternidad. Como en cualquier gran ciudad, como en cualquier espacio y cualquier tiempo, Madrid convive con muchos habitantes que poco a poco emergen de sus realidades para impregnar el entorno con sus aromas, sus formas, sus secretos, como el niño de esta historia, un niño especial, o como el hombre y el viejo, como gotas de agua, como esos seres que pueden ver un poco más allá de lo evidente, nada más porque se interesan en ello, y uno crea aquello en lo que uno cree.
(Cambio de Plano)
Toma 7
Silencio. La cámara se mueve despacio, se aprecian las ramas al viento, se presume lo que dicen el niño y la maestra. El hombre esta inmóvil, pero vibra por dentro, como las plantas.
Narrador
La maestra llega jalada por la prisa de un perro lazarillo que empieza a lamer la mano del niño y ladra un saludo al hombre, alterada pero con alivio, la maestra agarra al niño y mientras se lo lleva, le pregunta porqué se ha escapado del grupo, por qué se ha escondido en ese promontorio donde no había nada ni nadie mientras todos le esperan preocupados. El niño voltea por un momento hacia el promontorio, agita su manita, y al llegar se une a los demás niños del programa cultural para niños invidentes, que en ese momento se agarran de la mano en cadena para subir al autobús que los llevará a la visita guiada del Palacio de Linares, la Casa de América, donde escucharán un concierto hecho por un caballero de nuestros tiempos, un mexicano llamado Eduardo, o Morris, o Amigo, aunque eso da igual porque lo que importa es que puedan escuchar los colores.
Fundido negro.
Carlos Manuel Torres Guerrero / criticarlos.wordpress.com





2 Comentarios
Tus historias, o cuentos no se como llamarlos; pero no importa que sean , lo importante es como te transportan , te hacen viajar a otras dimenciones…… Felicidades!!!
… Recuerdo que cuando era niño y jugaba en las casas de mi familia en Coahuila, oía y veía cosas que, ahora que soy un “adulto”, no podría creer que existen… Pero es que sigo oyendo y viendo esas cosas… Me has dicho algo impagable Rosalía, muchas gracias…