MARCO: más que un encuadre

MARCO - Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, N.L. - Imagen: belénMV (cc)
Imagen: belénMV (cc)

“Marco. (Del germ. *mark; cf. nórd. mark, a. al. ant. marka). 1. m. Pieza que rodea, ciñe o guarnece algunas cosas, y aquella en donde se encaja una puerta, ventana, pintura, etc. 2. m. Ambiente o paisaje que rodea algo. 3. m. Límites en que se encuadra un problema, cuestión, etapa histórica, etc.”
Real Academia de la Lengua Española

En el centro de Monterrey, justo a un costado del Palacio Municipal, hay un edificio resguardado por la mirada ciega de una paloma gigante de bronce firmada por Juan Soriano. Sus inmensas paredes naranja quemado de ángulos rectos, como cortadas con navaja, limitan 16 mil metros cuadrados del resto del espacio urbano. Una de las paredes, la que da a la calle Zaragoza, anuncia lacónicamente: MARCO.

La experiencia dentro del edifico no es menos impactante. Al entrar a su vestíbulo de techo altísimo, los zapatos chocan contra las baldosas y hacen eco; la luz se convierte en un armonioso ballet de tiempo entre los rayos que entran y los que son recreados; color, textura, volumen, todo resuena en el espejo de agua del patio central. De bruces, uno descubre que ese sitio no puede ser otra cosa distinta a lo que es y el nombre del edificio adquiere sentido. Es el Museo de Arte Contemporáneo.

Este marco atlántico, diseñado por el célebre arquitecto mexicano Ricardo Legorreta, ciñe once salas de exposición que son, por sí mismas, una obra de arte. El museo abrió sus puertas el 28 de junio de 1991, con la exposición Mito y Magia en América: Los Ochenta, y desde entonces ha presentado la obra de los artistas contemporáneos más reconocidos a la vez que ofrece encuadre a los trabajos de creadores jóvenes.

MARCO transgrede los límites de la plástica y guarece, además, otras expresiones como la literatura, la música, el cine, el video y la danza. Su misión educativa implica seducir al público para que se acerque, disfrute y valore el arte, con la finalidad de promover la reflexión y el diálogo. Así, uno puede acurrucarse en la intimidad de su silencio o llevar a los chicos a los talleres sabatinos, en los que se regodean las manos al embarrarse de pintura y barro, los ojos tras la lente y la mente ante las letras.

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