El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) expone el trabajo de Víctor Rodríguez (Distrito Federal, 1970), realizado desde su traslado a Nueva York, en 1997, a la fecha. La muestra ofrece ejemplos de sus series más ilustrativas que justifican por qué ha logrado el posicionamiento artístico que le ha llevado a exhibir su trabajo, repetidas veces, en Estados Unidos y Europa, además de estar representado en una de las galerías internacionales más importantes de México, Ramis Barquet (Monterrey/Nueva York), y en una de las más reconocidas de la ciudad de Madrid, Fernando Pradilla.
Durante los primeros años de la década de los noventa Rodríguez, regiomontano por adopción, hizo del hiperrealismo su forma de expresión y de la pintura, el medio para explorar, fundamentalmente, las posibilidades de uno de los géneros más recurridos del arte: el retrato. Desde sus inicios, el artista ha impreso un sello muy personal a su obra gracias, sobre todo, al uso de colores fuertes y brillantes y al sentido resueltamente actual, cotidiano y desenfadado de sus personajes. La rendición de Rodríguez al espíritu pop se respira en casi todo su trabajo, aunque también se observan notables cambios en sus intereses pictóricos a lo largo del tiempo.
Como muchos hiperrealistas, el mexicano encuentra en el gran formato el recurso idóneo para captar la mirada del espectador, prueba de ello son las 32 piezas que podrán disfrutarse en MARCO hasta el mes de noviembre. Vistas en conjunto, se pone en evidencia la impronta que en Rodríguez ha dejado uno de los grandes maestros del hiperrealismo, Chuck Close, traducida en el apego al primer plano. Como suele suceder con este tipo de pinturas, el espectador queda atrapado en un intento por establecer el formato de la pieza que, en una confusión usual, tiende a asumir como una realidad fotografiada. Rodríguez, como muchos hiperrealistas de hoy, combina el virtuosismo técnico del trabajo en aerógrafo y de pinceladas delicadas con el apoyo de software de imagen, produciéndose una representación de la realidad que, en algunas ocasiones, pareciera sobrepasarse a sí misma. De esta manera, obras fascinantes y sugerentes invitan a introducirnos en ellas bajo un gesto como el propuesto por Lewis Carroll en su conocido espejo.
Durante los primeros años, este mexicano explora el collage y manifiesta su gusto por temáticas surrealistas y absurdas de corte hilarante, teatral e irónico, que establecen diálogo entre la abstracción y el realismo. En series posteriores, como Cinema Notebooks, trabaja falsos mitos fílmicos venidos de figuras recreadas de grandes cineastas, de donde es posible que haya tomado la idea de tener una musa, visible insistentemente en una de sus figuras femeninas representadas. A través de Circusfunk se subliman, con humor denso, ciertos traumas infantiles para pasar, en series posteriores, a asuntos de orden más sentimental, ideológico y crítico, de carácter reflexivo. No obstante, en la diversidad del trabajo de Rodríguez también llama la atención las pinturas que veneran piezas maestras de la historia del arte Occidental, representadas, como sus personajes, en primer plano e insertas en espacios cotidianos. Por tanto, la obra de este mexicano determina un juego narrativo entre la evocación y la concreción de personajes y situaciones, reales o ficticios, que proponen un imaginario renovado al aún, encasillado por algunos, imaginario pictórico mexicano.
Mónica Núñez Luis / views of art
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